¡Al Colón!, por Beatriz Sarlo

¡Al Colón!, por Beatriz Sarlo

Llegar por primera vez a la gran sala y asistir a una función de su programación central. ¿No podría ser una experiencia clave para un adolescente? ¿Y si fuera posible a través de un encuentro entre el mérito y el deseo?

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POR BEATRIZ SARLO*.

bsarlo@viva.clarin.com.ar



Faltan unos quince minutos para que comience el espectáculo. En la sala que va llenándose poco a poco, rebotes de luz dorada modulan el terciopelo rojo. Desde la llamada cazuela, es decir el segundo nivel en altura, se ven en perspectiva los respaldos ovales de las butacas de platea, con sus marcos de madera oscura, donde una perchita de bronce se ofrece eventualmente para sostener una cartera. Del costado que ocupo en ese segundo nivel del teatro, puedo ver el palco presidencial, ubicado exactamente en el centro, sobre la entrada de la platea; en su frente, el escudo nacional señala el mejor lugar del teatro Colón. Muchas veces no hay nadie allí, pero esta noche, en que se canta El oro del Rhin de Richard Wagner, el palco presidencial está casi lleno.

Por supuesto, no se trata del presidente ni de su esposa, tampoco de ningún ministro del ejecutivo, ni del canciller Bielsa acompañando a un representante extranjero. Es simplemente, gente como la que está conmigo en cazuela, o más arriba, en tertulia, o más arriba aún, en el justamente llamado paraíso.

Recuerdo, entonces, que el vicepresidente también tiene adjudicado un palco en el Colón, sobre el costado derecho, casi sobre la escena. A ese palco extraordinario entré una vez, no por haber recibido una invitación oficial, sino porque, durante un ensayo, acompañé a un equipo de filmación. Un acomodador me dijo que rara vez se ocupaba ese palco.

Con este recuerdo se mezcla la sencilla comprobación de que, lejos de responder a ningún estereotipo sobre el teatro Colón, la gente que me rodea y que ha pagado entre cuarenta y sesenta pesos por estar allí pertenece, como yo, a las capas medias de manera clara y casi indeleble. La entrada es razonable, si se piensa en lo que vamos a escuchar, la ópera-prólogo del más descomunal ciclo operístico de la música occidental: la Tetralogía legendaria de Wagner.

Cualquier buscador de Internet da como resultado más o menos medio millón de páginas, que incluyen crítica, discografía, historietas, fotografías, figurines, comentarios de representaciones y un variado etcétera. Casi no hace falta saber nada, para saber que la Tetralogía es una experiencia que subyugó, desde un comienzo, a generaciones enteras de artistas y de público.

El Colón es un objeto excepcional en un país que a veces ha sabido preservarlo y otras lo conduce a crisis desesperadas. Es la maqueta de lo que la Argentina alcanzó en algunos momentos de su historia: construir una tradición musical que, sólo desde un prejuicio más populista que democrático, puede calificarse como elitismo liso y llano.

Indiscretamente, me pregunto quiénes son las personas del palco presidencial, y también si estará ocupado el palco del vicepresidente. ¿Qué pasaría si la entrada a esos palcos fuera algo que pudiera alcanzarse como recompensa de un encuentro original entre el deseo y el mérito? Una fantasía antes de que comience la obertura: el Ministerio de Educación, además de organizar concursos para guiones de televisión en las escuelas o llevar a los chicos pobres a que vean una película comercial en un multicine (como se ha hecho), ¿organizaría un concurso para que el presidente, el vicepresidente y el teatro mismo inviten a los chicos que mejor escriban sus razones para querer escuchar a Wagner, a Mozart o a Puccini en el Teatro Colón? Y no me refiero a que toda una escuela aterrice en la platea para ver un espectáculo especialmente pensado como visita guiada, donde el teatro pasa a ser su propia escenografía. Me refiero a la posibilidad de que el verdadero Colón, con su verdadera programación, sea ofrecido a adolescentes que, por los motivos más diversos, incluso las más raras curiosidades, demuestren que quieren entrar a la gran sala. Llegar como público al Colón, y como público de una ópera de Wagner, puede ser un acontecimiento importante en la vida de alguien. No necesariamente en la vida de todos, ni en la de cualquiera, sino en la de alguien que, por esos motivos que siempre será difícil imaginar, puede desearlo, incluso sin comprender del todo su deseo.

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