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oct
28

Privacidad en Internet

Por Hernan  //  Internet  //  1 Comentario

Para todo aquel que trabaje en Internet la privacidad es una preocupación cierta.

Para explicar el tema les dejo este Diagrama de Veen donde ven la relación entre Internet y Privacidad.

privacidad en internet

Via Flickr

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oct
21

Airbag para ciclistas

Airbag

 

The Hövding es una airbag para la cabeza. Hövding significa “jefe” en sueco.

Este casco de aire fue diseñado por los suecos Anna Haupt y Alstin Teresa como un proyecto de tesis universitaria. El collar Hövding contiene giroscopios y acelerómetros que supervisan constantemente sus movimientos, y sueltan el airbag escondido en tan sólo cuando su usuario en peligro.

Con este nuevo dispositivos, los ciclistas que no quieren arruinar su peinado o usar esos feos cascos pueden andar tranquilos por las tranquilas calles de ciudades como Buenos Aires. :)


 

 

Fuente: Likecool

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oct
15

Fundraising paquete episodio 2 – “Attack Of Verdi”…

Por Lazaro  //  música, ONG, recaudacion de fondos  //  1 Comentario

Afiche Aida

Desde el mes de Marzo de este año se viene desarrollando de manera mensual, el último Jueves de cada mes (en esta oportunidad y por una cuestión excepcional será un Viernes) un ciclo de veladas de ópera a total beneficio del Pequeño Cottolengo Don Orione. En Octubre se realizará la 8º y última de estas veladas cerrando así el ciclo anual en el que se realizaron proyecciones de Giuseppe Verdi.

Esta serie de eventos es organizado por la Oficina de Desarrollo de Fondos del Pequeño Cottolengo Don Orione, de la que Lazaro Maisler, quien armó este post, es parte desde hace casi 10 años como responsable de medios de cobranza electrónicos y administrador de la base de datos de colaboradores. Parte fundamental de su trabajo y de la oficina a la que pertenece es desarrollar acciones de fundraising para generar recursos que ayuden al sostenimiento de la Obra Don Orione.

Estos eventos se realizaban años anteriores y habían conseguido lograr un público “cautivo” que asistía a ellos, pero por diversos motivos se habían suspendido y ese público había quedado desatendido. Aprovechando esta potencialidad y el hecho de que en el año del Bicentenario todavía no estaba re inaugurado el Teatro Colón, este año el equipo retomó esa costumbre y aprovechando el auditorio que se encuentra en la Casa Provincial de la Obra (Carlos Pellegrini 1441), con espacio para 120 personas y la posibilidad de proyectar contenido multimedia volvieron con las proyecciones de óperas.

Puntualmente el trabajo de Lazaro trabajo en estos eventos (además de participar en la organización de cada velada) es la difusión de los mismos, así que valiéndose de cuanta herramienta online gratuita encontró por el camino:

- ya sea Facebook a través del FanPage de la Obra Don Orione o generando un evento para difundir justamente este evento

- o aprovechando la base de datos generada a lo largo del año (ya que anteriormente no se había generado ninguna) y haciendo un poco de email marketing con herramientas como Mailchimp,

- o publicando anuncios en la web con herramientas de Marketing OnLine como Google Adwords,

- o envíando SMS con recordatorios de próximas veladas y

- por supuesto nuestro sitio web,

logramos a lo largo del año convocar un promedio de público de 70 asistentes por veladas.

Notando  la potencialidad de realizar estos “microeventos” anuales, ya están proyectando los del 2010, pero para cerrar el año el próximo Viernes 29, de Octubre a las 19 horas proyectaran “Aida”,  en su idioma original, con subtítulos en español.

Lo hace más interesante a estas veladas es que lograron contar en ellas con la conducción de manera totalmente voluntaria a lo largo de todo el año del Dr. José María Cantilo (especialista en el tema, que tiene un programa de ópera en FM Cultura los Miércoles a las 22 hs. Llamado Tiempo de Ópera) y que gracias a un sponsor del Banco Provincia obtenido desde la oficina los costos son casi $0.

Con una entrada de $30 con la cual se accede a varios sorteos sorpresa incluidos y a una copa de champagne, muchas personas que antes no tenían un espacio para socializar con gente con este gusto en común por la ópera por un precio accesible (generalmente los costos para participar de esta clase de espectáculos es MUCHO más elevado) lo han encontrado.

Así que este es un buen ejemplo de que pueden hacerce nuevos eventos partiendo de viejos eventos, solo hay que tratar de aprovechar la oportunidad, ver que se hizo hasta el momento para planear que se puede hacer a futuro y animarse a probar con herramientas nuevas que lo peor que puede pasar es que nos equivoquemos y eso es parte de aprender.

(Vía @Lalomaisler)

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oct
11

El Secreto de la Chela

Por Hernan  //  literatura  //  4 Comentarios

Hoy comparto un cuento que me envió Oscar Duque, un gran amigo de toda la vida. En este relato, Oscar explora la mirada de un adolescente sobre el mundo que lo rodea y el encadenamiento de hechos que lo llevan al punto clave en donde su vida cambiará para siempre.

Ojalá lo disfruten tanto como yo.

Fueron muchos golpes, el último la desmoronó. Escuché a lo lejos, como contra una pared, el choque de algo pesado, fofo, resbalando y cayendo como una bolsa de carne.

-¡Así vas a aprender, puta de mierda!


Las palabras arrastradas, fragosas, sonaron tan potentes y duras como el portazo. Esperé un tiempo sintiendo que el corazón me salía del pecho, y corrí a ver qué había pasado. Me acerqué con precaución. Estaba seguro que ese borracho roñoso le había pegado otra vez.


Nunca voy a olvidar el día que La Chela y ese miserable llegaron a la casita de al lado. El calor era insoportable, y los ayudamos con mi madre a bajar las pocas cosas que traían en un carro tirado por un caballo huesudo, de patas leñosas. Hugo escasas miradas y aún menos palabras. Me quedaron grabadas para siempre el aspecto de La Chela, cabizbaja, en sumisa actitud, con un pañuelo gris ceñido debajo del mentón afilado de su rostro juvenil, contrastando con los enrojecidos ojos saltones y lacrimosos, del borracho.
La Chela y el borracho eran conocidos en el pueblo. Sobre todo La Chela. La chusma del pueblo murmuraba algunas cosas sobre ella, cosas que mi madre siempre tuvo el cuidado de ocultarme o disimular. Siempre me decía: -La gente siempre opina, no hagas caso a las habladurías, hacé tu trabajo y ocupate de tus cosas.
El calor abrumador y la intriga de los corrillos pueblerinos no me dejaban dormir. Las horas de la siesta, donde todo el mundo cesaba sus tareas convertían al lugar en una especie de gran cementerio opaco y polvoriento. Sólo se escuchaba el rodar de hojas secas empujadas por la brisa caliente. A veces creía sentir el movimiento lento y pesado de los cuerpos transpirados, girando en sus camas, o acomodándose en los patios de tierra a la sombra de los árboles. Cada tanto se escuchaba el resoplido acuoso de algún caballo y el chasquido de la cola pegando en las ancas para espantar a los tábanos insistentes y sedientos de sangre.

Dentro de ese particular adormecimiento estival, mi intriga y mi curiosidad, podían más que los consejos de mi madre. Ella no quería que me acercara a la casita de La Chela, e insistía en que no tenía que hacer caso a los charlatanes. –Al final, uno no sabe si algunas cosas son ciertas. –Decía con ese modo triste que tiene la gente de campo. Y yo me preguntaba: ¿Qué cosas?, mientras mi interés y atracción aumentaban.

Un día, cuando iba a llevarle maíz a las gallinas, la vi a La Chela ir hacia el fondo. Cautelosamente la seguí desde lejos, ocultándome. Llegó a la enramada, que cubría parte de un patio donde estaba la bomba de agua. Comenzó a mojarse los sobacos y el cuello, y cada tanto se refrescaba la cara con cuidadosas palmaditas. Ni las abejas zumbando cerca de mis orejas en busca de mis gotas de sudor, ni aún el peligro de algún aguijonazo, fueron causa suficiente para evitar mi mirada anhelante. Debajo de su etérea camisola blanca y a través del escote suelto y amplio se dejaba ver la suavidad de sus curvas blandas y prolongadas, cadenciosas, que me imaginaba tibias y mullidas al tacto. La impronta de su figura se destacaba como la imagen de una película sin sonido, en colores sepia, variables por la acción de una calurosa brisa envolvente donde, a través de sus cabellos sueltos, se podía ver el pequeño viñedo que le daba un tinte violáceo y somnoliento.

A partir de ese momento se convirtió en mi obsesión. No podía dejar de pensar en  esa figura blanca y suave. No quería hacer otra cosa que espiarla, tocarla con la mirada, acariciarla con mis deseos. Quería adivinar esa cuestión oculta que emanaba de las charlatanerías y las observaciones de mi madre. Me decía enojada: ¡El otro día te vi espiando a La Chela… te voy a dar!

Abrí la puerta y entré lentamente, con miedo. Irrumpían el silencio inquietante los golpes repetitivos y cadenciosos de un postigo mal cerrado… y la vi en el piso, como sentada contra la pared, con el cabello revuelto y los ojos cerrados. Su vestido negro estaba desgarrado y su pecho casi descubierto. En ese instante no reparé en la tragedia. Miraba esa redondez blanca y suave, delicada… hasta que un espeso y oscuro hilo de sangre se asomó lentamente detrás de una oreja, formando un pequeño charco en la hendidura de su clavícula. Toqué uno de sus hombros, le hablé, y tardó en girar la cabeza muy lentamente, tratando de mirarme en silencio… Vi un golpe debajo de su ojo izquierdo; estaban claras cuatro marcas violáceas en fila, como cuatro uvas reventadas contra la cara.
Salí corriendo a buscar a mi madre que trabajaba en el hospital del pueblo como enfermera. Corrí enloquecidamente, crucé un campo cosechado, para ganar tiempo, y los rastrojos resecos me atravesaron como dagas las alpargatas, clavándose en las plantas de mis pies. Sentía un tremendo dolor, sentía odio, desesperación, venganza. Dos veces tuve que parar para tomar aliento. El último tramo lo corrí paralelo al viñedo. Los sarmientos retorcidos como venas expuestas, se sucedían alternados con racimos repletos de uvas, repletos de posibles puñetazos reventados contra
rostros inocentes.

Cuando llegué al hospital, trepando con esfuerzo la pequeña escalinata, salió a mi encuentro mi madre, que creyó que había tenido un accidente. A borbotones fluían mis explicaciones sobre lo sucedido… La Chela estuvo varios días internada, y mi madre se encargó de cuidarla. Las curaciones eran dolorosas, y el calor y la falta de elementos complicaban la situación… Mi mamá suplía esas carencias con afecto y delicado trato, con suaves masajes en los brazos entumecidos, y apósitos en la cara lacerada, seguidos de amables caricias sobre su cabellera.

Cuando La Chela volvió a su casa, volvieron los cuchicheos en el pueblo, las viejas secreteaban a la salida de la iglesia… y yo intuía que hablaban de La Chela. Mi mamá ya no me molestaba más con las prohibiciones, quizás porque se había acostumbrado o porque no se daba cuenta de que yo seguía con mis observaciones.
Al cabo de un tiempo, los movimientos misteriosos de La Chela comenzaron a parecer más naturales; nos acostumbramos a su silueta sigilosa y su andar taciturno. Casi no pronunciaba palabra ni saludaba. El borracho se iba de la casa luego de alguna gresca y volvía a los dos o tres días, hecho una cuba, con sus ojos saltones y sanguinolentos, para reiterar su maltrato, sus golpes y sus insultos.
En las noches en que mi madre tenía guardia en el hospital, yo aprovechaba para observar desde lejos a la casita de al lado. Quería descubrir los secretos de La Chela. Ansiaba, en realidad, pertenecer a esa casta de visitantes furtivos. Cada tanto aparecía una silueta en la oscuridad, que entraba, se quedaba un tiempo y volvía a salir. A veces me parecía reconocer al borracho, pero otras no lograba adivinar. Cierta vez lo vi clarito al borracho entrar a la casa; estuvo poco tiempo, y por alguna razón salió rápidamente a los tumbos, y no lo vi nunca más.
Promediando el verano y con los primeros días del otoño, algunas noches comenzaron a ser frescas y mis salidas fueron raleando. No así mi infatigable curiosidad. Una de esas noches en que me quedaba solo, escuché algunos ruidos en la casa de La Chela. Salté de la cama, me tapé con el poncho y miré por la ventana que daba a la casita de al lado. Los ruidos eran discretos, pasos, la puerta de que entrada que se abre… y veo otra vez esa silueta encorvada tapada hasta la cabeza como los frailes franciscanos de la iglesia. Volvió a palpitar mi corazón exageradamente, y no pude contenerme más y salí a ver qué pasaba.

Nunca lo había intentado, pero esta vez estaba decidido a todo. Tomé todas las precauciones, caminé como un puma, lentamente, como intentando sorprender a mi presa. Me acerqué a la casa, crucé entre unas cañas del fondo y acaricié a los perros para que no ladraran. Me deslicé junto a una de las paredes, para tratar de ver algo por el postigo. La luz de un candil iluminaba pobremente el interior y me di cuenta de que si me asomaba un poco podría observar lo que ocurría, sin ser visto. Me latía tanto y tan fuerte el corazón, que temía que me escucharan desde adentro. No me animaba y empecé a sentir temor. Y frío. Me incorporé lentamente y escuché un leve murmullo, palabras sueltas dichas muy bajo.
Cuando mi vista logró superar la parte más baja de la pequeña ventana, pude reconocer unas piernas suavemente pálidas, deslizándose en lentos movimientos voluptuosos, enancadas sobre la blanca desnudez de La Chela. Mi corazón cesó por unos segundos, y luego retomó los latidos con una fuerza brutal, como si espasmódicos rebencazos me azotaran el cuello. Fue la revelación más dolorosa de mi vida.

Y nuevamente corrí, pero esta vez corrí como nunca, con desesperación, con vergüenza…; atravesé el viñedo lastimándome con los alambres, tropezando con las acequias, resbalando en mi vómito, cayéndome y levantándome, rasgándome la piel con los sarmientos aguzados como púas, tiñéndome de sangre y barro, sin rumbo…
Y no sentí ningún dolor.

Oscar A. Duque
Invierno de 2009


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