Alfombra boliviana – Por Sandra Russo

Moles, Bourdieu, Morin, Barthes y Eco aterrizaron en el baño de mi casa. Me di cuenta después de una ducha, cuando en lugar de pisar la alfombra negra a la que estaba acostumbrada, pisé esa otra, la que Norka nos trajo de recuerdo a mi hija y a mí hace unos años, después de un viaje a Bolivia para visitar a su familia.

Norka trabajó en casa cuidando a la nena durante bastante tiempo. Había venido a la Argentina en los años del uno a uno, buscando hacer diferencia en dólares para ayudar a pagar deudas familiares. Ella estaba con nosotras cuando nos mudamos del PH de Boedo al dúplex de Palermo, donde dejamos atrás el ladrillo a la vista y las azaleas y optamos por las paredes blancas y los papiros. Ya vivíamos allí, en esa casa limpia de adornos, cuando Norka volvió de uno de sus viajes y nos trajo la alfombrita: un rectángulo de lana blanco con el dibujo de una llama y la leyenda “Bolivia” en un costado. En su momento, se la agradecí efusivamente, pero la alfombrita quedó por ahí perdida, en el living, y solamente la usábamos cuando faltaban sillas, para que alguien se sentara mullidamente en el piso.

Supongo que la alfombra negra fue para el lavadero y la alfombra boliviana la reemplazó temporariamente en el baño. Pero cuando la vi, la vi distinta. La alfombra, naturalmente, no cambió. Cambió Bolivia. Cambió el contenido simbólico del nombre de ese país cuyos pulóveres solíamos usar muy jóvenes, en la modernidad de nuestras vidas, antes de que la posmodernidad nos impusiera los básicos sin etiquetas ni estampados ni leyendas de ninguna especie.

Cuando la vi en el piso de mi baño, me dio no sé qué pisar la parte que decía “Bolivia”, y desde entonces muy cuidadosamente me controlo para ubicar mis pies arriba de la llama. Y por supuesto, no puedo dejar de sentirme ridícula haciendo eso, pero tampoco puedo obviar el fermento de significados y símbolos que exhala mi alfombrita y que me tomaron por sorpresa.

Todo este relato viene a cuento de cómo puede ser que en poco tiempo y sin que uno lo registre, las piezas cerebrales y sensitivas catadoras del buen y del mal gusto hayan sufrido alguna mutación. ¿Qué hace que algo nos guste o no nos guste? ¿Hasta qué nivel de sentido penetramos cuando sencillamente miramos una mesa, un vaso, una remera, una lámpara? ¿Por qué me empeñaba en no pisar la leyenda “Bolivia” si precisamente esa leyenda era la que delataba a ese objeto-alfombra como destinado a alguien como yo, a alguien lejano, a un Otro consumidor de souvenires, esos retazos artificiales de identidades pretendidas?

“Aún está por constituirse una sociología de los objetos”, advertía hace treinta años Abraham Moles, uno de los más agudos estudiosos del Kitsch, después de señalar qué bien vendría una “psicología de las copas de vino burdeos”. En su ensayo sobre ese estilo que estalló al mismo tiempo que la sociedad de masas, Moles establece algunos principios que lamentablemente no fueron retomados y que me hubiesen sido útiles para explicarme la inquietud, la sensación entre culpable y gozosa de redescubrir en mi casa la existencia de esa alfombra boliviana, ahora ya cargada con las connotaciones post Morales, eje del mal, no al ALCA, sí al ALBA, Chávez, Mercosur ampliado, gasoducto, en fin, como se ve: mi alfombra boliviana era un dechado de significados que estallaban abajo de mis pies, pero sobre todo en mi cabeza.

Moles enfatiza el interés por la vida cotidiana como elemento de estudio de transacciones de sentido y como piedra angular de una posible “ciencia de lo próximo”. Habla de la importancia del marco material de esa vida cotidiana, como “testigo y mensaje que la sociedad envía al individuo”. Y habla además de la “universalidad física de lo artificial” en relación con lo que antes de la sociedad de masas era aceptado como “natural”. Con la irrupción de un estilo de vida seriado, la sociedad de masas cambió la relación de los sujetos con los objetos que los rodean y especialmente con los que lo acompañan en su vida cotidiana. Al opacar gran parte de la vida de hombres y mujeres destinándola a ocupaciones asalariadas (Moles las llama “impuestos temporales”), surge un tiempo vacío de obligaciones que plantea situaciones novedosas: el tiempo libre y el espacio privado, entonces, suponen para los individuos las “verdaderas elecciones”, los definen como sujetos “libres”.

De ahí, dice Moles, que no sea inocente en absoluto qué copa de vino y qué vino se toma en una casa cualquiera un domingo, o qué sillón es el favorito del dueño de casa, o qué hace en él, si dormir, si mirar televisión o si leer. Las paredes de cualquier hogar urbano hablan, gritan, escupen significados. Un dormitorio matrimonial describe, con su tipo de cama y el color de sus cortinas, la relación entre los cónyuges. ¿Pero cómo leer ese idioma en el que hablan los objetos? ¿Con qué oídos se puede prestarles atención? ¿Qué nos dicen nuestros propios objetos a nosotros? ¿Qué me dice esa alfombra boliviana que se abrió paso, sola, hasta instalar su discurso viscoso y libertario en el baño principal de mi casa?

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