Greenpeace pide que liberen a sus miembros detenidos en Salta

La organización ecologista Greenpeace le pidió hoy al presidente Néstor Kirchner que libere a los nueve dirigentes de la agrupación que fueron detenidos en Salta anoche cuando realizaban un operativo de inspección de los desmontes que se están realizando en el sur de Tartagal.



En tanto, grupos de Greenpeace de otros países iniciaron una campaña de reclamo porque consideraron que lo que se busca con estas detenciones es ” criminalizar la protesta ambiental” y “amedrentar” a quienes luchan contra la “política depredatoria de los montes salteños”.



Los nueve activistas de la organización fueron detenidos anoche por la Policía en las cercanías del paraje Los Niricos, al sur de Tartagal. En ese lugar, los ecologistas realizaban una inspección por un desmonte en la zona. Durante el operativo fueron detenidos el director ejecutivo de la agrupación, Martín Prieto, y el abogado Sebastián Cardo. Los dos fueron trasladados junto a otros siete activistas a la comisaría de Tartagal, donde hoy podrían ser indagado.



Los ecologistas fueron detenidos a raíz de una denuncia por “violación de domicilio” que presentó la empresa “Desdeelsur” S.A., propietaria de las tierras. Además de una nota oficial dirigida al presidente Néstor Kirchner, miles de miembros de Greempeace Argentina iniciaron esta mañana una cadena de llamados a integrantes del Gobierno, para exigir la inmediata liberación de sus colegas.



Mientras tanto, desde su lugar de detención, Prieto, dijo que “hay una clara intencionalidad política en el manejo de esta situación”. Y agregó que “el objetivo de las acciones de Greenpeace es “poner nombre y apellido al desmonte en la Argentina y que por cumplir esta tarea terminamos todos presos”.

Añorando la oscuridad

Añorando la oscuridad

(o contestación a la editorial de Mariano Grondona)

Ya no se puede soportar más en silencio. ¿Cómo no responder cuando nos presentan en uno de los más prestigiosos diarios nacionales, la voz del “Pensador ético nacional”, el Sr. Mariano Grondona, un pedido de regreso a lo que nos llevó a estar como estamos?

A modo de análisis político histórico el Sr. Grondona nos presenta las últimas décadas de la vida económica argentina como un intercalar de gobiernos de izquierda y derecha, en los cuales los primeros solo trajeron prejuicio y los segundos, obviamente para la visión de Grondona, beneficios para nuestro país.

Según Grondona: “Dos rasgos caracterizan a los ciclos de centroizquierda: en lo económico, la confianza en el Estado empresario y la desconfianza en los capitales privados; en materia de seguridad, la desconfianza en las fuerzas armadas y de seguridad y la permisividad frente a la delincuencia. Los rasgos centrales de la centroderecha son la confianza en los capitales privados, la desconfianza en el Estado empresario y la severidad con la delincuencia.

Sin embargo, esta falacia se evidencia como tal, cuando uno vive en un país con un Estado desarticulado y corrompido por esa derecha que él reclama, que mientras criticaba su existencia, acumuló riquezas apropiadas ilegalmente. Como ejemplo, los Alsogaray, Alderete, Amira Yoma, entre otros. La centroderecha que él añora, es la que dejó el pais en mano de los capitales los cuales nos dejaron las manos vacias. Y en muchos casos los estómagos.

¿Severidad con la delincuencia?

¿Con cual?

¿Con la delincuencia menor que muere a manos de gatillos faciles mientras los grandes delincuentes, gobernantes y empresarios corruptos se pavonean felices mostrando en las revistas las ganancias de tropelias y contratando periodistas para que defiendan sus negociados?

El Sr. Grondona también dice: “Sólo la centroderecha ha sido capaz hasta ahora de ciclos largos y parcialmente exitosos.” Evidentemente, este señor mirá la historia como fotos

y no como un movimiento causal. Estamos como estamos porque hicieron lo que hicieron. La continuidad de las políticas económicas que el defiende nos llevaron a estar en esta situación. Incluso lo que él crítica, terminará siendo una version moderada de lo venimos sufriendo hace más de 30 años.

En sintesís, Mariano Grondona presenta el regreso hacia el pasado, como inevitable. No toma en cuenta la dinámica de la historia y la voluntad de los pueblos. No acepta que podamos decidir que no queremos volver a la seguidilla de fracasos locales en beneficio de los intereses de unos pocos. Sólo podemos debatir (por supuesto, guiados por su iluminada visión) como y cuando nos tornaremos hacia la derecha.

Por suerte, la historia no la escriben los Grondonas. Los héroes nunca trabajan de lobbistas para los sectores acomodados. Soy pesimista. Pero tengo esperanzas.

Desde el silencio del ciberespacio el grito desgarrador de Hernán Pablo Nadal



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Cosas de la vida

Por Eduardo “Tato” Pavlovsky*

Cuando me desperté el reloj marcaba las ocho en punto. Le hablé a Susy enunciando alguna de mis nuevas ideas matutinas y noté la ausencia de su cuerpo en la cama. Entré en pánico. Me vestí y salí corriendo a lo de Rulo para desayunar. Me extrañaba haberme dormido y que Susy no me despertara. Cuando enfilé por Sucre hacia Astilleros escuché un raro sonido que parecía provenir de la calle Pampa. Vi mucha gente. Algo así como una gran manifestación de adolescentes caminando hacia un espectáculo de rock. A medida que me acercaba la imagen se hacía más kafkiana. Eran filas de niños que caminaban en silencio.

En realidad tuve la impresión de que el silencio era total. No había casi adultos –o por lo menos no había gente de estatura normal–. Esa inmensa caravana en silencio estaba integrada por niños que no superaban los 80 cm de altura. Imposible evaluar la edad, y cuando creí divisar algún adulto no sobrepasaba nunca el metro.

El caminar de los chicos producía un extraño sonido musical. Digo –el arrastrar unísono de los pies de los niños sobre la calle–, producía una melodía. Una extraña melodía. Lo que más me llamaba la atención era la extraordinaria disciplina de los niños. Marchaban en filas de tres. Un metro de distancia entre las filas.

La larga caravana era extensísima. De dónde vendrán me preguntaba. Cuando comencé a mirar a los niños creí que estaba alucinando. Todos tenían un color cetrino y una remera con un número y una letra que los identificaba.

La cara de uno de ellos no tenía ojos –venía tomado de la mano de otros dos niños que lo acompañaban–. Los globos oculares, o lo que quedaba de los globos oculares, estaban llenos de gusanos que salían de sus órbitas. Observé con detenimiento y horror que uno de los niños que lo sostenía de la mano tomaba de sus órbitas alguno de los gusanos y los engullía. Comía los gusanos que salían de los ojos del niño ciego.

Tuve una arcada y después un vómito. El ruido de mi vómito parecía desentonar dentro de ese inmenso silencio. Me repuse y seguí observando, ahora de más lejos, mientras atravesábamos Figueroa Alcorta hacia la Costanera. Había una fila de niños con inmensas cabezas hidrocefálicas.

Sobre la piel de sus caras brotaban lombrices que los niños trataban de tragar cuando se acercaban a sus bocas. No reconocía a nadie. Quise gritar pero no podía. Tenía una mezcla de asco, repugnancia y pánico pero, para hablar francamente, no me producían piedad. Y eso me mortificaba. De algunos brazos y piernas de los niños salían pústulas que arrastraban sangre y pus. El espectáculo era dantesco. Comprendí que la ausencia de queja de esta inmensa muchedumbre infantil parecía producir mi falta de piedad. Al cruzar por Figueroa Alcorta comenzaron a sonar bocinazos porque la larga marcha de los niños alteraba el tránsito. Empecé a sentir odio hacia ellos pero no podía dejar de acompañarlos. Quería saber dónde iban. Cuál era el destino de la gran marcha.

Uno de los niños salió de la fila y comenzó a comer excremento de perros, tan abundantes en esa zona. Lo que más me asombraba era el espíritu comunitario que reinaba entre ellos. El que tenía los excrementos los repartía equitativamente dentro del grupo. Todos comían al unísono. Había hambre. Recordé haber leído que la Fundación Argentina contra la Anemia decía que el 50 por ciento de los niños en la provincia de Buenos Aires es anémico. Pensé si los excrementos de perro tendrían tal vez hierro suficiente para balancear la dieta.

La naturaleza es sabia. Problema de sobrevivencia.

¿Todos estos niños existían siempre? ¿Desde cuándo esto es así? ¿Lo sabíamos? Eran preguntas tontas. Esta situación es límite. Horrorosamente límite. Pero, ¿cómo habíamos llegado a esto? Poco a poco, pensé, porque cuando el horror se construye día a día se vuelve obvio y cotidiano. Los niños deformes se vuelven cotidianos.

Caminé unas ocho cuadras sin mirarlos. Al llegar a la Costanera observé que existía un grupo de gente que los organizaba. Eran todos de estatura normal. Me extrañó nuevamente la docilidad de los niños para reagruparse. Sobre la Costanera había cuatro grandes letreros que parecían orientar el destino último de los niños. Cada letrero tendría una longitud de cinco metros por cuatro de ancho. Cada letrero ordenaba de acuerdo a la patología. Las remeras de los niños también los identificaba en sus respectivos grupos.

“Anémicos”, “Hidrocefálicos”, “Raquitismo” y “HIV”, decían los grandes carteles. Cada grupo de niños se reagrupaba en su fila correspondiente. Parecían contentos de haber llegado a destino. Estaban extenuados. Unas largas mangueras de las que salían chorros de agua tibia intentaban limpiarlos de todas las secreciones, excrementos y pustulaciones.

Observé que, después de bañarlos, un sector de damas los alimentaba con un abundante plato de lentejas. A los anémicos les ofrecían una doble ración. Luego de la comida, los niños se volvían a agrupar y en silencio se arrojaban ordenadamente a las aguas del río. Ningún niño se negaba a hacerlo.

Todos parecían comprender el destino final. Me atrevería a decir que de alguno de ellos vi asomar una beatífica sonrisa. Me quedé toda la mañana. Había visto arrojarse cinco mil niños con absoluta disciplina. Lo que me asombraba era la obviedad. Algún grito destemplado: “¡Piqueteros hijos de puta! ¡Tírense todos, no jodan más!”, no parecía tener eco en la multitud. Cada tanto aplaudíamos alguna pirueta que algún niño realizaba al arrojarse al agua. A eso de las once se interrumpió la ceremonia para cantar el himno. Fue emocionante.

Los niños también cantaban sin dejar de arrojarse al agua. Me pareció divisar al Sr. Blumberg y a Longobardi unos metros atrás haciéndole una nota. El Sr. Blumberg estaba lleno de carpetas y Longobardi le preguntaba sobre su nueva marcha y Blumberg le contestaba que ya tenía 8 millones de firmas. Después no pude entender más. Porque me pareció que mis oídos comenzaban a zumbar y tuve miedo de desmayarme. Mientras caminaba de vuelta por Sucre pensé en Pastoriza, en los rojos y comencé a sollozar. La vida continúa y el campeonato comenzaba. Todo sigue su curso, decía uno de los personajes de Esperando a Godot.

Y yo comencé a olvidar. Había que seguir viviendo. Antes de llegar a casa pensé en dos palabras: complicidad civil. Pero no entendía el sentido ni su relación con la extraña jornada. Cosas de la vida pensé y abrí la puerta de mi bella mansión.

* Autor, actor y psicoterapeuta. Entre sus numerosas obras destacan El Señor Galíndez, Potestad, Telarañas y La muerte de Marguerite Duras.

Un buen poema

COMO SER UN GRAN ESCRITOR

Por CHARLES BUKOWSKI

 

Como ser un gran escritor
Como ser un gran escritor

tienes que cojerte a muchas mujeres

bellas mujeres,

y escribir unos pocos poemas de amor decentes

y no te preocupes por la edad

y los nuevos talentos.

Sólo toma más cerveza, más y más cerveza.

Anda al hipódromo por lo menos una vez

a la semana

y gana

si es posible.

aprender a ganar es difícil,

cualquier pendejo puede ser un buen perdedor.

y no olvides tu Brahms,

tu Bach y tu

cerveza.

no te exijas.

duerme hasta el mediodía.

evita las tarjetas de crédito

o pagar cualquier cosa en término.

acuérdate de que no hay un pedazo de culo

en este mundo que valga más de 50 dólares

(en 1977).

y si tienes capacidad de amar

ámate a ti mismo primero

pero siempre sé consciente de la posibilidad de

la total derrota

ya sea por buenas o malas razones.

un sabor temprano de la muerte no es necesariamente

una mala cosa.

quédate afuera de las iglesias y los bares y los museos

y como las arañas, sé

paciente,

el tiempo es la cruz de todos.

más

el exilio

la derrota

la traición

toda esa basura.

quédate con la cerveza,

la cerveza es continua sangre.

una amante continua.

agarra una buena máquina de escribir

y mientras los pasos van y vienen

más allá de tu ventana

dale duro a esa cosa,

dale duro.

haz de eso una pelea de peso pesado.

haz como el toro en la primer embestida.

y recuerda a los perros viejos,

que pelearon tan bien:

Hemingway, Celine, Dostoievski, Hamsun.

si crees que no se volvieron locos en habitaciones minúsculas

como te está pasando a ti ahora,

sin mujeres

sin comida

sin esperanza…

entonces no estás listo

toma más cerveza.

hay tiempo.

y si no hay,

está bien

igual.

Caras y Caretas

En este paradógico país, Menem crítica la corrupción y Mariano Grondona da cátedra de democracia. Castell quiere hacer la revolución mientras extorciona empresas y su mujer se hace la sexy mostrando la bombacha en Noticias, convirtiendose en la María Julia post-devaluación.

El FMI sigue poniendo metas incumplibles y no quiere reconocer los logros ya injustos que hizo cumplir a un gobierno medianamente flexible a sus exigencias.

El Gobierno critica la cumbia villera. Para ellos, tiene la culpa de la delincuencia. Mientras tanto los chicos no van al colegio. Y los que van, lo hacen por la copa de leche.

Mirando a Europa como meca de los exiliados económicos, Argentina no mira los ejemplos que nos pueden resultar exóticos: El valor de la educación. Las estadísticas ya no alarman, a esta altura, ya nos deprimen al saber lo casi imposible que resultaría revertir esta realidad. En Argentina, más de 960.000 personas nunca fueron a la escuela; otros 3.695.830 no terminaron la primaria. Para más datos clickea aquí.

Recomiento leer esta nota de Beatriz Sarlo donde comparto lo siguiente: “educación es uno de los pocos caminos de futuro para países pobres como el nuestro. Y es en una de las naciones ricas del mundo, en el centro de ese experimento político que se llama Unión Europea, donde France Examen muestra, con la contundencia a veces demasiado brutal que tienen las tablas de preferencias, en qué lugares la educación verdaderamente compite con las seducciones más idiotas y más atractivas del mercado. E, incluso, gana.”

Cuesta vivir mucho en un país, donde todos usan caretas para esconder lo que son. Caretas mal hechas y disimulos evidentes. Ingenuamente quisiera que todos mostremos lo que somos. Menem diciendo porque se cagó en todos con tal de llenarse de millones en cuenta suizas, la justicia de ese país haciendose la tonta para no mancillar su buen nombre de “limpios” mientras viven a costa de ser el aguantadero financiero de los más grandes delincuentes mundiales. Grondona hablando sobre lo tanto que le gustan los golpes y dictaduras militares.

Castells aceptando que es un chantajista de 4ta con sus aprietes mafiosos. Confesando que sus maniobras nada tienen que ver con una revolución.

El Fondo Monetario, reconociendo su inutilidad, y aceptando sus encargados usureros de las empresas multinacionales que dominan su accionar.

Felíz día del Niño.

Un beso para las chicas. Un abrazo a los muchachos.

Hernán Nadal / Tao

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Fotos movidas

Evita Piquetera Por Sandra Russo

¿Qué hay de nuevo, viejo McLuhan? Nada. El medio es el mensaje, y a esa bulimia del soporte no hay con qué darle. El medio es una araña hembra que se deshace de la araña macho apenas fue servida. El medio deglute hasta lo que no le interesa: es deglutiendo, masticando, digiriendo y defecando incluso lo que no le interesa que el medio lo reconvierte en algo que le es útil. El medio vive de las sobras. Son escasos, contados los momentos de epifanía, esos en los que el medio encuentra exactamente su material pertinente. Si el medio es serio, una investigación, una denuncia. Si el medio es amarillo, un chisme, un desliz. El resto del tiempo, el medio sobrevive haciendo alquimia con mensajes foráneos a su propio intestino: todo lo que pasa por las paredes húmedas del colon de los medios es teñido por un valor agregado, el del medio. He ahí a Nina: ahora, objeto sexual.

Es un poco libidinosa la sonrisa de Castells cuando afirma, congratulado, que su mujer ha alcanzado ese rango. Vaya vaya. Así que era ahí adonde había que llegar. Así que esta magra estrategia política supone que mostrando las gambas se escala algo. ¿Qué?

En cierto modo, tienen razón Nina y su esposo reivindicando para las mujeres pobres el status de objeto sexual que les es negado por definición. Las mujeres pobres son mujeres fáciles o mujeres ponedoras. El imaginario colectivo las desvía en esos dos grandes conjuntos desgraciados: uno, compuesto por aquellas que van guardando rabia y desconsuelo a medida que sus cuerpos se exponen para el uso público por diez o veinte pesos. Otro, en el que entra la mayoría, integrado por madres de familias numerosas que se agrandan casi fatalmente, con siete, ocho, nueve bocas para alimentar. Mujeres sin cuerpo propio, de cuerpo recipiente.

El exabrupto de Nina en la tapa de Noticias puso arriba de la mesa un tema siempre eludido, un tema incómodo: la sexualidad de la pobreza. ¿Existe? ¿Cómo es? ¿Cómo se ejecuta y desarrolla ese derecho humano para otros sectores sociales que gozan, en principio, no sólo de información sino de intimidad? ¿Qué sexualidades descontentas encubren el hacinamiento, la promiscuidad, el frío, el hambre? ¿Es menor esta pregunta? No lo sé. Pero es una pregunta que no se hace. En esos arrabales del cuerpo social, las privaciones son muchas. Están privados también de estas preguntas.

No sólo hay cierta lascivia en el gesto de Castells hablando del objeto sexual que supo conseguir y que ahora comparte con el público, sino también una referencia novedosa a lo que se entiende por “objeto sexual”. Esas chicas que cobran diez o veinte pesos por sexo rápido callejero no son objetos sexuales. Nadie las llamaría así. Son apenas agujeros disponibles al paso. Mucho, muchísimo menos que un objeto sexual, aunque literalmente lo sean, objetos, y sexuales. La conjunción que reúne esas palabras, sin embargo, se resignifica de un modo curioso: ser un objeto sexual implica el ejercicio de un poder. Lo que define a un objeto sexual no es su uso, sino precisamente estar fuera del alcance de aquel que lo desea, un no uso, la posibilidad no de la venta sino del intercambio.

El objeto sexual no se regala: se muestra. Y sólo se entrega en un convenio interesante. Culturalmente, la síntesis de ese intercambio fue Marilyn con JFK. La bomba sexual y el presidente. Trato hecho: el objeto sexual zafa. En escalas menores, los objetos sexuales son mercancías simbólicas que dirigen su rumbo hacia transacciones sentimentales que les confirmen lo que valen. Polistas, ricachones, empresarios, políticos –ahora habría que agregar, y por esto Castells se felicita: ¡piqueteros duros!–, tipos que pueden pagar con algo más que dinero la promesa inexacta del objeto sexual: una satisfacción inenarrable, poseer para sí un objeto sexual es tenerla más larga más allá de la cama. La elevación de Nina a objeto sexual lo eleva a su marido: es él el codiciable, saca chapa.

Y tiene razón Nina cuando dice que a toda mujer le gusta sentirse linda y deseada. Lo que no se entiende es la tapa. Debe haber millones de mujeres en el mundo, pobres, ricas, más o menos, que rechazarían de cuajo salir en pelotas en la tapa de una revista de actualidad. Entre querer sentirse linda y deseada y posar para ese tipo de fotos que aunque no muestren mucho sugieren que hay mucho por mostrar, hay tanta distancia como entre ella y Evita.

Y después está McLuhan y su frase: el medio es el mensaje. Nina o María Julia, mujeres provenientes de galaxias dispares, homologadas por los productores de la revista a las hembras que nadie pondría en duda. Si la tapa de María Julia en su momento o ésta de Nina provocan urticaria, es precisamente porque el montaje las disfraza de lo que no son, porque las pesca in fraganti en el gesto ajeno, en la pose robada. En realidad, la de aquel tapado de zorro o ésta de la bombacha atigrada son dos fotos movidas, dos fotos cuyo mérito mediático es haber captado una grieta en dos personalidades.

El medio nunca, nunca juega de visitante. El medio es el conserje de un hotel por el que pasan, uno tras otro, pasajeros que puntillosamente pagan. A veces, con el ridículo.

 

¡Al Colón!, por Beatriz Sarlo

¡Al Colón!, por Beatriz Sarlo

Llegar por primera vez a la gran sala y asistir a una función de su programación central. ¿No podría ser una experiencia clave para un adolescente? ¿Y si fuera posible a través de un encuentro entre el mérito y el deseo?

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POR BEATRIZ SARLO*.

bsarlo@viva.clarin.com.ar



Faltan unos quince minutos para que comience el espectáculo. En la sala que va llenándose poco a poco, rebotes de luz dorada modulan el terciopelo rojo. Desde la llamada cazuela, es decir el segundo nivel en altura, se ven en perspectiva los respaldos ovales de las butacas de platea, con sus marcos de madera oscura, donde una perchita de bronce se ofrece eventualmente para sostener una cartera. Del costado que ocupo en ese segundo nivel del teatro, puedo ver el palco presidencial, ubicado exactamente en el centro, sobre la entrada de la platea; en su frente, el escudo nacional señala el mejor lugar del teatro Colón. Muchas veces no hay nadie allí, pero esta noche, en que se canta El oro del Rhin de Richard Wagner, el palco presidencial está casi lleno.

Por supuesto, no se trata del presidente ni de su esposa, tampoco de ningún ministro del ejecutivo, ni del canciller Bielsa acompañando a un representante extranjero. Es simplemente, gente como la que está conmigo en cazuela, o más arriba, en tertulia, o más arriba aún, en el justamente llamado paraíso.

Recuerdo, entonces, que el vicepresidente también tiene adjudicado un palco en el Colón, sobre el costado derecho, casi sobre la escena. A ese palco extraordinario entré una vez, no por haber recibido una invitación oficial, sino porque, durante un ensayo, acompañé a un equipo de filmación. Un acomodador me dijo que rara vez se ocupaba ese palco.

Con este recuerdo se mezcla la sencilla comprobación de que, lejos de responder a ningún estereotipo sobre el teatro Colón, la gente que me rodea y que ha pagado entre cuarenta y sesenta pesos por estar allí pertenece, como yo, a las capas medias de manera clara y casi indeleble. La entrada es razonable, si se piensa en lo que vamos a escuchar, la ópera-prólogo del más descomunal ciclo operístico de la música occidental: la Tetralogía legendaria de Wagner.

Cualquier buscador de Internet da como resultado más o menos medio millón de páginas, que incluyen crítica, discografía, historietas, fotografías, figurines, comentarios de representaciones y un variado etcétera. Casi no hace falta saber nada, para saber que la Tetralogía es una experiencia que subyugó, desde un comienzo, a generaciones enteras de artistas y de público.

El Colón es un objeto excepcional en un país que a veces ha sabido preservarlo y otras lo conduce a crisis desesperadas. Es la maqueta de lo que la Argentina alcanzó en algunos momentos de su historia: construir una tradición musical que, sólo desde un prejuicio más populista que democrático, puede calificarse como elitismo liso y llano.

Indiscretamente, me pregunto quiénes son las personas del palco presidencial, y también si estará ocupado el palco del vicepresidente. ¿Qué pasaría si la entrada a esos palcos fuera algo que pudiera alcanzarse como recompensa de un encuentro original entre el deseo y el mérito? Una fantasía antes de que comience la obertura: el Ministerio de Educación, además de organizar concursos para guiones de televisión en las escuelas o llevar a los chicos pobres a que vean una película comercial en un multicine (como se ha hecho), ¿organizaría un concurso para que el presidente, el vicepresidente y el teatro mismo inviten a los chicos que mejor escriban sus razones para querer escuchar a Wagner, a Mozart o a Puccini en el Teatro Colón? Y no me refiero a que toda una escuela aterrice en la platea para ver un espectáculo especialmente pensado como visita guiada, donde el teatro pasa a ser su propia escenografía. Me refiero a la posibilidad de que el verdadero Colón, con su verdadera programación, sea ofrecido a adolescentes que, por los motivos más diversos, incluso las más raras curiosidades, demuestren que quieren entrar a la gran sala. Llegar como público al Colón, y como público de una ópera de Wagner, puede ser un acontecimiento importante en la vida de alguien. No necesariamente en la vida de todos, ni en la de cualquiera, sino en la de alguien que, por esos motivos que siempre será difícil imaginar, puede desearlo, incluso sin comprender del todo su deseo.